Un mundo más.

Para toda la vida.

Hoy es uno de esos días en los que el aire me pesaba desde que abrí los ojos cuando me desperté. De esos días en los que me agarra un nudo en la garganta de la nada mientras tomo mate, mientras me pongo la bikini, mientras hago lo que siempre hago. Días donde las ausencias pesan, y no me doy cuenta hasta que estoy sola sentada conmigo misma, pudiendo escuchar lo que pienso y siento. Y es que la soledad siempre me da ese lugarcito para correr las nubes que no me dejan entender. Me deja desatar ese nudo, me deja relajar el pecho y respirar. La soledad y yo. Yo y la soledad. ¿Y quién no fue amigo de la soledad en algún momento no? Es mejor tenerla de amiga que sufrirla, que dejar que te invadan los recuerdos del pasado en donde no estabas solo.

Por destino hoy no es la soledad la que me pesa, sino tu ausencia. Eras mi gran amigo, mi protector, mi nene y mi grandote fuerte. Eras más que todas las palabras que puedo buscar para describirte, más que todas esas palabras que nunca podrías leer. Eras un perro, pero el mejor perro del mundo. Estabas marcado a flor de piel y la indiferencia del humano te había generado muchos miedos, pero siempre sacabas fuerza para defender lo tuyo y lo que querías. Te gustaba cavar, correr y salir a caminar con amigos, ya fueren perrunos o humanos. Te levantabas como un reloj todos los días en el mismo rango horario, y sin importar quién seguía durmiendo y quién no, los que teníamos la cabeza todavía en la almohada nos despertábamos con tus besos de buenos días.

Ese recuerdo me parte en mil: Vos parado al lado de mi cama, dándome besos de buenos días para despertarme, moviendo tu colita sin ton ni son, esperando que me digne a dejar de dormir para estar con vos. Porque lo único que querías era eso: Compañía. Era todo lo que necesitabas para estar feliz, para sentirte querido. Porque ya habías sufrido la soledad, la que nos curaste a los que te conocimos, a los que tuvimos el enorme y hermoso placer de conocerte. Nos agrandaste el corazón a muchos, y a algunos se los abriste de par en par, incluso a los que menos se lo esperaban. Nos dejaste todo ese amor que dabas porque sí.

Mi gran truco para poder dormir de noche sin que me pese el alma, es recordar que me pude despedir de vos. A pesar de que tuvimos poco tiempo juntos, de que te fuiste mucho más rápido de lo que todos hubiésemos querido. Aunque sea te pude dar mucho amor y te pude decir lo mucho que te amo.

Hasta siempre mi mole moli, acordate que todos los perros van al cielo y no te olvides que lo nuestro es para toda la vida. Y hoy te agrego: más allá de la vida también.

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